Diario de Valderrueda
Cultura leonesa: Entrevista a la escritora Sara T.
sábado, 23 de enero de 2021, 11:17
ENTREVISTAS - CULTURA

Cultura leonesa: Entrevista a la escritora Sara T.

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Cultura leonesa: Entrevista a la escritora Sara T.

Como cada domingo, conocemos más sobre escritores y escritoras de la tierra. En este caso nos centramos en la protagonista de la novela “Cuando el recado eres tú”.


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Entrevista a Sara T. autora leonesa con pseudónimo. La podemos encontrar en Instagram como @latraviesadefolledo


- ¿Por qué Sara T.? ¿Por qué un pseudónimo?


No quería que mi nombre se interpusiera entre los lectores y la historia de la novela. Quería contarla sin pelos en la lengua y sin que nadie pensase si puede ser una historia real o no. No me gusta que me encasillen. Sara es un nombre que me ha gustado desde niña y la T. es por “traviesa”, que es mi nuevo apellido adquirido.


- ¿Por qué publicar tu primera novela con una joven editorial leonesa como lo es Mariposa Ediciones?


Te corrijo, editora, esta es mi segunda novela y lo sabes. Primero os envíe el manuscrito de “Coleccionables” y posteriormente “Cuando el recado eres tú”, es solo que esta novela es de plena actualidad porque en algunos de sus capítulos hablo acerca de la pandemia y decidimos, ambas, adelantar esta publicación a la primera. ¿Por qué os elegí? Porque sois jóvenes, atrevidos, hacéis apuestas arriesgadas y sois de León. A mí, como a ti, me gustar tirar de “tierrina”. Por eso en todas mis novelas encontrarán los lectores guiños a nuestra provincia.


-No tienes remedio. Pero sí, estamos deseando publicar “Coleccionables”. Demos un margen a que te conozcan a través de esta novela erótica y continuaremos con el proyecto de la otra. Sara, ¿qué se puede encontrar el lector en “Cuando el recado eres tú”?


De todo. Tiene partes picantonas, divertidas, tristes… Es el reflejo de la vida sin ningún tipo de tabú. Estoy harta de leer novelas donde se idealiza el amor y el sexo, donde se utilizan muchas florituras y que no tienen esencia ninguna. Aquí no, el sexo es sexo, las emociones se sienten y si tienes que llorar lloras y si puedes pues te ríes. ¿Desde cuándo el sexo es perfecto? Lo que es, es divertido, pero tiene sus cosas buenas y sus inconvenientes y en este libro las describo todas.


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- ¿Es una historia real? ¿Alex existe?


Ves, por eso tengo pseudónimo. Todos tenemos un Alex que nos remueve por dentro y que da algo de emoción a nuestra vida, ese Alex puede ser hombre o mujer, pero claro que es real. Y todos alguna vez hemos sentido que esa respiración se corta al tener a alguien delante, alguien que nos hace cometer locuras inconfesables ¿No? Claro que Alex existe y si está leyendo esta entrevista se reirá mucho. ¿Verdad Alex?


- La Traviesa de Folledo. Ese capítulo en el que describes un viaje de León a Folledo de Gordón. Parece tan real, y me pregunto si es un espejismo, uno de tus juegos o realmente conoces esa zona. ¿Eres de por allí?


Editora, la zona de Gordón es preciosa, si no conoces el faedo de Ciñera ya estás tardando. Y sí, mis lectores pueden hacer un viaje literario-erótico-festivo por la zona. De camino a Pola encontrarán el desvío hacia Folledo, y al final del pueblo una calle que se llama “La Traviesa” Y sí, de ahí viene mi apodo. Y si en vez de desviarse hacia Folledo continúan la carretera en recto se encontrarán Rabocan, el restaurante-hostal que tan bien describo en ese capítulo. ¡Tenéis que probar su cocido montañés! Yo estoy deseando volver. No te pienso decir de qué zona desciendo, tú bien lo sabes, los lectores no necesitan estar al tanto. Soy muy leonesa, dejémoslo ahí.


- ¿Dónde podemos encontrar tu libro?


En todas las librerías de confianza de la editorial como Sputnik, Universitaria, Casla, Leopoldo o Artemis en León y en vuestra web www.mariposaedidiones.net, que además ahí me ha dicho un pajarito que la enviáis con regalo.


-¿Estás preparando nuevas travesuras?


Yo, siempre. ¿Te puedo pedir algo?


- Sí, claro.


Publicad con la entrevista el capítulo 21


- Hecho.


Capítulo 21


Me había prometido a mí misma no volver a verle. Pero dejé de lado la conciencia en cuanto supe que tendría la oportunidad (en el instante cero, ni un segundo, ni una duda, ni un pestañeo). Una sensación de hormigueo divertidamente nervioso recorría mi cuerpo. Notaba el corazón acelerado. Parecía una novata en una primera cita, y ni una cosa ni la otra. Lo conocía perfectamente, daba igual que hubieran pasado meses desde nuestro último encuentro. Todo estaba en su sitio, como siempre. La que no debía estar era yo, pero estaba. Dicen que no es bueno regresar a lugares en los que has sido feliz porque estropeas el recuerdo. No fue el caso. Aún no comprendo cómo alguien tan urbanita como yo accede a una excursión furtiva a un molino abandonado, rodeado de hierbas, bichos, barro… Por no haber, no había ni asfalto. Quizá por su compañía. No sé negarme a él; es superior a mis fuerzas. Me nubló mi propia voluntad para acercarme a sus brazos. Ya ni medito en las otras dos variables que debían haberme frenado: la cuarentena y mi alergia al polen (ni por esas). Él estaba cerca, y yo tenía una necesidad totalmente irracional de volver a tenerle delante de mí. Tragué saliva, me vestí y salí a su encuentro, como si no hubiera un abismo entre lo que fuimos y lo que éramos. Lo recogí donde siempre, conversamos como siempre. Fue tocándome todo el camino hasta aquel idílico rincón, ya no como siempre. Sus manos actuaban más temerosas, sabedoras del impasse entre ellas y mi piel, aunque se notaba el perenne deseo y, finalmente reconocidas, ambas pieles jugaron a mostrarse de acuerdo, como si no hubiera pasado el tiempo.Un viaje al pasado en pleno presente.


La inconsciencia, por mi parte, iba en aumento. ¿Qué más daba una leve distracción al volante si su mano izquierda se hacía paso entre mis muslos y la derecha aprovechaba para palparme los senos? El día soleado no ayudaba a hacer más ameno el camino hasta el molino. Solo unos minutos en coche nos alejaban de él, pero quería teletransportarme.


Incluso podía imaginarme como accederíamos a la parte trasera del coche, como tantas veces, para continuar con nuestro ritual, pero no. El camino, abandonado por el mes de cuarentena, era casi intransitable. El paraje seguía siendo precioso, con el molino, el reguero y las hierbas de metro y medio que campaban a sus anchas. En ese momento fue cuando pensé que por la noche no iba a ser capaz de respirar y que dormiría sentada. Poco me importó, al igual que dejar las mascarillas en el coche. Luego sí, no salgo de casa ni para comprar, y a tirar la basura bajo con guantes y mascarilla, y me ducho nada más entrar. Pero a no sentirle a él al cien por cien no estaba dispuesta.


Le seguí cual oveja de rebaño recién encauzada. ¿Qué tendrán su sonrisa y su mirada, que con ellas todo lo veo más claro? Tonteamos como dos críos continuando la senda por el reguero, jugueteando, hasta que encontramos un lugar menos visible y poco accesible desde el camino. Nos paramos en seco para besarnos, por fin, porque me moría de ganas de hacerlo. Sentí la extrañeza de unos labios conocidos, de unas lenguas con ganas de bailar juntas y de unas miradas con deseos encontrados.


Sonará a película romántica si describo cómo acabamos en el suelo, rodeados de hierbas gigantes que nos camuflaban, que el sol de primavera hacía agradable el semidesnudo de piel, y que continuamos con la danza de pieles. Era sexo, puro sexo por placer entre dos viejos amigos que se encontraban disfrutando mutuamente en un paraje peculiar. Admito que tiene unas manos increíbles, que sabe muy bien donde tocar para hacerme disfrutar hasta el clímax, sin necesidad tan siquiera de penetración. Las moscas no me ayudaban mucho a concentrarme. Las escuchaba pasar al lado de los oídos, incluso se posaban en mi cara, la hierba me hacía cosquillas… pero él consiguió en un santiamén que me olvidara de dónde estábamos, tanto que hasta me olvidé de él, pobre, que ni le avisé de mi llegada al orgasmo, con lo que le gusta. Una de sus virtudes: lo generoso que es para dar placer. 


Él casi no había empezado y yo ya estaba en otro mundo, a otro nivel. No me sirvió de mucho. Quería más. Lo quería a él. Llevaba tanto tiempo sin sentirle, sin saborearle. Mis manos se aferraban a su cuerpo mientras le besaba. Le hubiera clavado las uñas al abrazarle para sentirle más cerca, pero, claro, nada de marcas. No son esas nuestras reglas. Y, mientras me mordía el cuello haciéndome enloquecer con aún más ganas de saltarle encima y cabalgarle hasta no poder más, decidí que se merecía un juego de muñecas de los que tanto le gustaban. Y debía ir muy bien, demasiado, porque él aún no querría correrse sin estar dentro de mí. Me agarró con fuerza del pelo y me volteó como un cazador a su presa ya capturada, sin ninguna dificultad para continuar dándome placer.

No pensaba irme de esa finca atestada de insectos, con el periplo para llegar hasta ella, y con todas las veces que habíamos pospuesto el encuentro sin degustarle. Está demasiado rico como para no recorrer con mi lengua su pene y meterlo en la boca. Sé perfectamente cómo hacerle disfrutar. Reconozco cada uno de sus gestos, también los de inseguridad. Estaba preocupado de que yo no disfrutara en condiciones y, en realidad, era tremendamente feliz. Echaba de menos nuestros encuentros, y a él.


Volvió a colocarme de nuevo en el suelo. No sé cómo lo hace. No tiene inconveniente en moverme a su antojo con un solo gesto para hacerme disfrutar. Para mí que hace magia. Cruzamos de nuevo esas miradas, quizá más arrugadas, pero con las mismas ganas e ilusión de antaño y, por fin, pude sentirle dentro de mí. No era consciente de cuánto lo había echado en falta. Y, sin más, llegó el momento en el que ambos terminamos. Nunca se lo diré, pero, mientras él se corría dentro de mí, yo volví a hacerlo. Me encanta cuando se hace pequeñito y me hace cosquillas. Claro, a todo esto, no me percaté, estando obnubilada con su presencia, de que mi bolso estaba en el coche y que lo que acababa de pasar era más bien una faena táctica a la que buscar solución. A él fue sencillo limpiarle, solo tuve que meterle de nuevo el pene en mi boca. Ahora, lo que yo llevaba encima era más difícil de gestionar. Menos mal que llevaba vestido. Utilicé mis mejores braguitas de lencería negra como si fueran una toallita desechable y, una vez llegados al coche, me acondicioné un poco mejor para lograr llegar a casa de la manera más digna posible y, una vez allí, ya ducharme en condiciones.


Con las mismas, arranqué el coche, nos pusimos las mascarillas y volvimos al punto de encuentro. Esta vez no hubo beso de despedida. Si acaso, un rato después, de manera virtual. Que la mascarilla hay que llevarla siempre puesta. ¿No?


Fuente: Marina Díez Fernández

Fotografía: Sara T.


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