Diario de Valderrueda
"El valle infinito", por Cristina Flantains
miércoles, 8 de julio de 2020, 08:48
CULTURA - MONTAÑA LEONESA

"El valle infinito", por Cristina Flantains

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"El valle infinito", por Cristina Flantains.

La nueva sección "Senderos a lo alto" de Marina Díez sigue mostrando el homenaje literario de varios escritores a nuestra tierra y nuestra montaña.


Riau00f1o antiguo paisajes espau00f1oles 1984


Los recuerdos de la infancia, la empatía de una niña hacia alguien cercano que graba a fuego en el alma el dolor de aquello que no conoció pero que comprende y añora como si lo hubiera hecho, eso es lo que hoy os mostramos en Senderos a lo alto. Disfrutaremos de la literatura con mayúsculas, esa que con pocas palabras cuenta mucho.


- El valle infinito, por Cristina Flantains: 


Yo encontraba en aquellas manos que enredaban en mi pelo una ternura sin igual. Primero me lo cepillaba  bien haciendo en la mitad de la cabeza un raya tan derecha que la separaba en dos mitades idénticas y luego lo trenzaba en dos coletas,  también idénticas, que remataba en un lazo hecho con un cordón de algodón rojo. Mientras ocurría aquello conversábamos: que si qué tal has dormido hoy, que con qué soñaste,  que si esa cara tan bonita cualquier día me la como a besos,  a lo que seguía mi risa celebrando tanto cariño.


La tía Doris había vivido mucho tiempo en el extranjero. Era hermana de mi abuela y ya jubilada había vuelto a su casa  para estar tranquila, decía, y sobre todo porque le gustaba más este sol y más todavía el paisaje de su pueblo, Castro del Condado.


Luego, cuando terminaba de peinarme, subíamos al monte Candajo a echar la mañana a la sombra de algún rebollo y desde allí veíamos la cordillera, sus picos agrestes que poseían todos los azules imaginables. Ella se sentaba a leer algún libro que llevaba para entretenerse mientras yo enredaba  pero siempre, en algún momento, acababa posando su mirada en el mismo pico y cuando yo la veía pararse  allí, con el libro abandonado sobre el regazo, aprovechaba para preguntarle:


- Tía ¿cómo era la historia de aquel agua que se lo trago tooooodo?


¿No te cansas de escucharla? - Me contestaba y comenzaba. - ¿Ves aquellas montañas un poco más bajas y más azules? Es Sotillo, justo ahí empieza la Cordillera Cantábrica y por la  derecha está el rio Esla y un pueblo muy bonito llamado Verdiago, y por la izquierda, después de Boñar, que está allá - agitaba  su mano  trazando una línea  recta hasta el infinito  y más allá - :el Porma, ¡menudas truchas con jamón bajan por ahí! - y yo vuelta a reírme.


- Querrás decir que suben, decía yo a sabiendas de dónde estaba el mar.


- Pues no, bajan hasta el Esla y el Esla lleva el agua hasta el Duero y el Duero se lleva  la fama. - ¿Qué fama tía Doris?


- ¡Pues la del agua! ¡Qué fama va a ser!


- Y yo me conformaba para que llegara rápidamente a la parte de la historia que  me gustaba.


- ¿Ves a la derecha de Sotillo una montaña mucho más alta y blanca?


- La veo - decía yo mirando a lontananza muy segura de que la veía.


- Pues al pié de esa hay un pueblo llamado Cistierna, la Peña Corada está justo detrás  y más atrás, pasando otros cuantos picos, había un valle precioso con varios pueblos: Riaño, Buron, Pedrosa del Rey, La Puerta, Salio, Huelde,Anciles, Éscaro ¿no sé si me dejo alguno en el tintero? -  y me miraba expectante con su sonrisa tierna.


- ¡Vegacerneja! - gritaba yo porque me encantaba aquel nombre.  Y mi tía se callaba, mientras yo saltaba alzando los brazos como quien llega a la meta. - Qué pasó luego tía Doris.


- Que se los tragó el agua -.


- Y entonces era yo la que me callaba y me sentaba sin desprender los ojos de aquella lejanía de pico descarnado y duro, imaginándome unas fauces inmensas que si compasión se tragaban el valle precioso, lleno de pueblos, sin casi explicarme, cómo podía haber algo, aunque fuera agua, con las fauces tan grandes.


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